Hay gente a la que debemos decirle cómo deben tratarnos, porque no todo el mundo sabe cómo merecemos y queremos ser tratados.
Esto puede parecer una tontería, porque básicamente todos merecemos ser tratados, como mínimo, con respeto, pero me explico.
Todas las personas venimos de un lugar, de unas experiencias, de unas relaciones y nuestro modo de enfrentar lo presente y lo futuro se basa en ello, en todo eso que nos sirve para formular teorías y prejuicios que compongan nuestro sistema de supervivencia reaccionario. Valoramos: «las cosas sucedieron así aquella vez (bien o mal), por lo tanto, también podrían suceder así esta vez (lo que me haría sentir bien o mal) y, en consecuencia, será mejor que haga esto o me comporte así. Mientras lo haga, estaré bien».
Ni siquiera es un razonamiento consciente, pero pone todo nuestro cuerpo y pensamiento en un estado específico: amoroso, receloso, amigable…
Por eso, cuando alguien nos trata de una manera que no consideramos correcta, lo sensato sería que, en lugar de encerrarnos en el enfado y la indignación ante esa reacción inconsciente y aprendida, le dejáramos claro cómo debe tratarnos. Y si se niega a hacerlo, o es incapaz, lo sensato sería alejarnos física y mentalmente de esa alma desgraciada.
Pero no siempre hacemos caso a lo que sugiere la sensatez, ¿verdad? A veces nos sentimos atrapadas, incapaces de hacer nada más que aguantar y quejarnos. Somos burros que solo ven una parte del camino que recorren.
La buena noticia es que, con los años, si hemos aprovechado el tiempo para hacer una reflexión y un trabajo personal previos, escuchamos más a nuestro instinto, ese que quiere mantenernos a salvo y cuidarnos, y menos al pánico bien-queda.
Nos damos cuenta de que la paz personal es un tesoro invaluable, al igual que nuestro tiempo, que cada vez es más limitado y pasa más rápido.
Entonces, decirle a alguien que no puede hablarnos de cierta manera, o que debe tratarnos de otra, es más fácil. También lo es alejarnos mentalmente, cuando no es posible hacerlo físicamente, de esas personas.
Ya no nos afectan tanto los comentarios de quienes adoran corregir a los demás o decirles lo que hacen mal en cuanto se atreven a hacer cualquier cosa. Aprendemos a sonreír ante esas muestras de inseguridad y a apartarnos cuando intentan darnos en el morro, para que agachemos la cabeza, si nos atrevemos a mirar a las estrellas.
Aprendemos a otorgar el valor que merece a cada opinión que alguien da sobre nosotras o nuestro trabajo o nuestra vida o nuestras decisiones, porque reconocemos desde el lugar del que brotan. Y no todos los lugares deberían ser igual de importantes.
La edad, además de menopausia y canas y grasa abdominal que no se va, trae aceptación y una mirada más amplia y comprensiva hacia la humanidad. Pero, sobre todo, hacia una misma.
La edad nos hace conscientes de que no estamos aquí para corregir a nadie, ni darles en el morro por el simple hecho de querer las estrellas que nosotras también queremos y no hemos podido alcanzar (todavía).
La edad nos enseña que no tenemos por qué vivir en una carrera, en una competición constante, que es más fructífero vivir disfrutando de los dones de las demás personas y dándoles las gracias por su generosidad al compartirlos.
La edad nos regala kilos de olvido y perdón, para nosotras y para aquellas y aquellos que nos han herido, para que podamos alfombrar con ellos el camino que nos hará avanzar.
La madurez es una etapa llena de incertidumbres y de múltiples futuros, muchos de ellos oscuros. Pero también el momento en el que las fichas empiezan a colocarse en su lugar.
Es cuando los sueños frustrados, aquellos que no pudiste realizar sola y nadie se interesó en ayudarte a conseguir, vuelven con fuerza, porque ahora sí, ahora tú eres la adulta al mando y tienes el poder.
Sí, las obligaciones te quitan tiempo y no suelen darte mucho dinero, pero sigues teniendo el poder. Con sacrificio puedes ponerte en pie y hacer que la niña que quería aprender a tocar el piano y la guitarra, la que quería escribir libros y publicarlos, la que devoraba historias, la que deseaba aprender a cantar y formar parte de un grupo, pueda por fin hacerlo.
Porque ahora eres la adulta que te faltó.
Porque ahora miras quién eras, quién eres y te abrazas y te apoyas.
Porque ahora, te elevas.
Porque, como decía Miley Cyrus, ahora puedes comprarte flores y cogerte de la mano.
No hay nadie que te conozca mejor que tú, ni que sepa mejor que tú cómo quieres que te traten. Ni que tenga un potencial tan grande como tú para tratarte como mereces.
Siempre ha estado en tus manos, pero ahora puedes verlo más claramente: ahí sigue, el poder real y la mentalidad para anhelar las estrellas. Y las anhelas. Y levantas el morro hacia ellas sin importarte quién diga qué.
La madurez cambia el cuerpo y la mente. Los cánones de belleza dicen que lo primero, a peor; la sabiduría popular que lo segundo, a mejor.
Yo lo veo así:
Un árbol ha estado creciendo durante cuarenta años bajo la sombra de otros árboles. De sus frutos han nacido, quizá, árboles más pequeños. De sus ramas se han fabricado estacas para sustentar a los árboles más ancianos. El árbol vive a merced del tiempo, de las necesidades y deseos de quienes lo podan y lo explotan, de los animales y las plagas. Hasta que un buen día se da cuenta de que no es más que una partícula de bosque, un pedazo de masa verde, y ese pensamiento lo libera, y puede detenerse a sentir todas sus partes: ser consciente de su corteza, de la extensión de sus ramas, de la dulzura de sus frutos. Y vuelve a anclarse a un ritmo de crecimiento interno que una vez perdió y seguir el proceso que manda su savia.
Después de los cuarenta años somos árboles en la frontera entre dos edades, llenos de potencial e ilusión, pero no exentos de heridas. Y ese es nuestro mayor poder: ahora podemos defender nuestro valor, aunque la sociedad capitalista se empeñe en denostarlo; podemos mantener la ilusión, como rebelión y supervivencia, a pesar de que la rutina y el sistema luchen por quitárnosla todos los días.
Tenemos la autoridad, la seriedad, para dar un puñetazo en la mesa y decir: «A mí no puedes tratarme así». Y la experiencia y las estrategias para luchar por nuestra dignidad, nuestra identidad.
Y, maravillosamente, también tenemos la capacidad de seguir jugando (o de volver a jugar, si tuviste que dejarlo en algún momento) y de tomarnos a nosotras mismas menos en serio que nunca.
Estoy pensando que en todo este proceso de madurar y de tratar con los demás, la alegría sigue siendo uno de los pilares vitales a defender. Así que a mí, a esta señora en la cuarta década que soy, si no sabes todavía cómo tratarme, trátame con alegría.
Ni más, ni menos.
Y yo seré tu espejo.
Si te ha gustado lo que has leído, quizá te gusten mis libros.




Precioso.
Un mensaje precioso. Yo, que voy ya para el medio siglo, priorizo mucho mi paz mental. Soñemos y alejemos a aquellas personas que quieran cortarnos las alas.
Un abrazo enorme.